Operacion "Chancuco"
Era un día de
exámenes finales, el colegio había tomado la injusta e imparable resolución de
“experimentar” con nosotros: se había tomado el ultimátum de que a nosotros,
grado once, adoptaríamos la educación IB (Bachillerato Internacional), a la vez
que seguíamos con nuestro programa normal; también cabe mencionar la sutileza
de que seríamos el programa piloto, entonces nuestro diploma no sería IB, sino
que sería normal. Evidentemente algo injusto, pero por más de las protestas y
los quejos ante las directivas, nada se cambió. Como estudiantes, sabíamos la
importancia de estar al frente en la educación nacional adquiriendo nuevos
títulos de validez académica como el IB, sin embargo era difícil aceptar lo
inevitable de esta imposición y como alteraba nuestra rutina colegial. Estos
cambios generaron que en fechas de presión académica los estudiantes
colapsáramos, tanto psicológica como moralmente, así que nuestro malestar
comenzó a convertirse, como buenos estudiantes de colegio, en desorden e
indisciplina desmedida con fuertes tintes anarquistas, pese a que ni sabíamos
que era anarquía ni sabíamos un comino de política, para ser sincero (aun no lo
sé, creo).
Ante la inmediatez
del desastre académico, propusimos una ingeniosa solución, intelectualmente
digna de estudiantes universitarios y no de colegio: haríamos “chancuco” entre
todos. Es sorprendente lo fácil que se unen las voluntades humanas a la hora de
perpetrar crímenes “sin víctimas”; para que vean la dimensión estimulante de
todo esto mencionaré que pese a que no nos habíamos puesto de acuerdo en dos
horas sobre que llevar para el compartir del día final, en menos de 15 minutos
cuadramos todo para hacer el crimen. Los más aplicados del salón, que eran
nerds en toda norma, entendieron lo difícil de mantener sus promedios
importantísimos para entrar a inmaculadas universidades de rectores con
apellido lituano y profesores de aliento griego, así que facilitaron ser el
“cerebro” del chancuco. Por supuesto, no planearon nada logístico, les faltaba
malicia indígena para eso; con un par de compañeros, que por supuesto tenían
déficit de atención desde la primaria, decidimos que los nerds nos enviarían
fotos del desarrollo del examen a través de un grupo del aplicativo de software
What’sApp, a fin de que todos las viéramos y copiáramos las respuestas, creando
un cuidadoso método infalible de distracción: haríamos preguntas constantes y
tontas, con el fin de que los nerds estuvieses sin los ojos guardianes de los
profesores acechándolos como a gacela en el Serengueti.
El plan funcionó
perfectamente en los exámenes de matemáticas y de inglés. Celebrando antes de tiempo y con una sonrisa
de par en par, todo el salón se precipitó ante el llamado al aula del CAS con
“c” de carcel, donde tendría lugar el examen final de física, la materia más
temida en los pasillos. Los profesores nada sospechaban, seguían el mismo
procedimiento de antes: con una solemnidad terrorífica, con una premeditación
escondida, con los mejores deseos para sus alumnos, procedieron a organizarnos,
realizando las variaciones aleatorias en los pupitres que siempre se hacen en
un salón que se prepara para presentar un examen individual.
Todo sucedía según
lo pronosticado, las preguntas banales asediaban los ánimos de los profesores, mientras
los nerds cumplían lo presupuestado y el salón 11 cumplía con el mayor sueño de
todo salón de indisciplinados: burlarse del status académico y salir sin culpa
del crimen. Tal vez, debido a que la sensación de inminente victoria se
apoderaba de todos nosotros, no nos dimos cuenta de la fragilidad de toda la
operación “chancuco”. Justo cuando llevábamos hora y media satisfactoria de
examen, y estando el nerd más avanzado a solo dos puntos de terminar, todo
cayó. Sucedió sin la más mínima advertencia: estaba el tonto de Quintero, quién
era el estudiante de mejores notas, finiquitando su examen cuando bajó la hoja
para tomar la última foto que enviar al grupo, justo ahí el profesor Jaime Daza,
que vigilaba el ala Oeste de la sala, le vio el celular. Al darse cuenta del
uso de celular, el se acercó a Quintero y lo sorprendió. Quintero se puso
pálido (quizás todos los del salón nos pusimos pálidos). “¡Quintero, que hace
ese celular ahí, entréguemelo!”, dijo Jaimito. Quintero se perdió en sus
pensamientos y le entrego el celular. Pese a algunos intentos desesperados por
salirse del grupo y por borrar toda evidencia, incluido el mío, todo se supo y
nos vimos en menos de 20 minutos citados todos a la sala de reuniones del
colegio con la directora y el profesor de física Jaime y la profesora
colaboradora María Victoria.
Cabe mencionar que,
quizás debido a nuestra juventud, las culpas se asumieron con más vergüenza y
repudio que con honor y valerosidad: faltaban solo pocas semanas para que
terminará el colegio. Citaron a nuestros padres y nos dieron una charla
familiar. Posteriormente, cada uno de los estudiantes tuvo que reunirse con la
psicóloga. Evidentemente estábamos en lo incorrecto, pero ante todo estábamos
mal direccionados, dado que todo lo hicimos por la nota y no por aprender. Es
importante ver que lo que nos enseñan es para que aprendamos, si hubiéramos
tenido amor por lo que veíamos, o por lo menos curiosidad, no hubiéramos hecho
fraude de tal manera.
Pese a que mi
mirada personal cambió, en las semanas restantes hubo discordia entre
compañeros, tirando por lo general indirectas inculpatorias a algunos
estudiantes por el fracaso; incluso se llegó a sospechar la existencia de un
soplón que había denunciado la operación “chancuco”. Estas faltas fueron las
más difíciles de superar, el ambiente estaba tenso, lo que sumado a las
presiones académicas presagiaban el fracaso de mis notas y las de mis
compañeros. Finalmente, decidimos con los profesores arreglar todo; se nos
pondrían nuevos trabajos para compensar el descalabro del examen final, si
demostrábamos el compañerismo que mostramos al preparar el “chancuco”. Como
curso, todos nos ayudamos a repasar y a organizar las actividades que teníamos
presupuestadas para esas últimas semanas. Los profesores vieron que volvíamos a
ser los de antes, sobre el final, y se nos perdonó, a base de trabajo, nuestro
fraude como curso. Fue un castigo leve para un crimen académico terrible, pero
ser aprendió la lección: no hay que dejarse coger a la hora de hacer chancuco
como curso… mentiras, lo importante es que con la preparación adecuada nada es
imposible, el camino fácil muchas veces solo conduce a trabajar doble y a caer
en conductas reprochables que no me dejan nada para mi crecimiento personal.
El titulo llama mucho la atención, pero hay que tener encenta que hay muchas repeticiones de palabras y a su vez hay muchas incoherencias; se recomienda realizar una breve revisión textual para lograr un buen desarrollo textual.
ResponderEliminarAtentamente: David Fernando Narváez De Los Rios
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarRoldán J Francisco, en tú texto logras captar la atención del lector a través de la narración de la operación “chancuco”, porque es una situación que podemos observar hoy en día, por lo tanto es de fácil entendimiento y de rápida asimilación. Esta es una realidad que se vive tanto en universidades, como en colegios donde se realizan pruebas de conocimientos, y los estudiantes se refugian en la mediocridad mediante estos métodos que son creados entre ellos mismos como una forma de tener excelencia académica. Sin embargo, se presentan problemas de coherencia entre párrafos y la puntuación no es siempre bien utilizada.
ResponderEliminarLeidy Verónica Pinchao Zúñiga.
Estudiante de Administración de Empresas, primer semestre.
Universidad Nacional de Colombia Sede Palmira.